Los Angeles de Charlie - McG.
A finales de los setenta, muchos de los que ahora rondamos la treintena ya éramos adictos a la televisión. No era grande ni libre pero sí que era una. Merendábamos a diario con Mª Luisa Seco asomados a un panorama en el que ver bikinis sin rombos (o incluso con dos) era más que difícil. Prepúberes sin rumbo por el rombo. Apareció entonces la enésima versión del ex policía que deja el cuerpo y se mete a detective, que nos dejó privados. ¿Por qué?. Pues porque el detective eran tres, eran mujeres y tenían mejores cuerpos que el de policía. Farrah Fawcett, Jaclyn Smith y Kate Jackson nada tenían que ver con el piojoso de Colombo. De vegetarianos forzosos a carnívoros lupinos. Se trataba de los ángeles, con sexo, de un tal Charlie, voz incorpórea y varonil que les asignaba trabajillos con la única excusa de 50 minutos de exhibiciones celebradísimas a la mañana siguiente en los recreos de toda España.
Como ya es habitual, Hollywood no deja pasar la oportunidad de rescatar cualquier serie televisiva que haya sido éxito. Suma y sigue. En estos años de lo ‘políticamente correcto’, desempolvar la vieja guerra de sexos que siempre acompañó a “Los ángeles” parecía otra operación de marketing infalible. Pero se dedican a calcar los planteamientos de la serie sin plantearse ahora una Charlie femenina (detalle de clase: dar el papel a Farrah) que meta caña a tres efebos expertos en piruetas marciales.
La nueva promoción de ángeles está formada por Cameron Diaz, cada día más cerca de ser la versión femenina de Jim Carrey, por Lucy Liu, cuota racial necesaria en estas lides, y por Drew Barrymore, productora de la cinta. Este trío calavera sabe perfectamente donde se ha embarcado y se ven satisfechas luciendo palmito y patadas tipo “Matrix” (no entiendo esta moda de pasarse seis meses con un entrenador para que luego las hostias las reparta el ordenador).
Contando con el productor de la serie, Leonard Goldberg, se le enjareta la dirección a un desconocido McG (Joseph McGinty Nichol, otro kleenex procedente, como no, del mundo de la publicidad y el video-clip) y se busca un plantel de secundarios de cajón de sastre para dar lustre al invento: Bill Murray (Bosley, que servía de enlace entre Charlie y sus ángeles) sigue sufriendo su particular día de la marmota, Tim Curry (“Rocky Horror Picture Show” vuelve a estar de actualidad gracias a Fabio McNamara) debería estar más gordo con tanto trabajo alimenticio, Kelly Lynch como ‘cowgirl fatale’, Sam Rockwell es el nuevo chicle ‘Boomer’ y Matt LeBlanc haciendo amigos.
Sigue habiendo bikinis, escotes y ropa ajustada pero, ¿por qué me da igual?. El diseño de vestuario no deja de sorprender por su falta de criterio. La tónica general ante tamañas empresas suele seguir dos caminos: por un lado, la fidelidad absoluta al original (quizá lo único bueno de “Los Vengadores”) y, por otro, la adecuación a los tiempos que corren (curioso era el caso de “Austin Powers”, que se inventaba un viaje temporal hacia el presente para suplir esa y otras deficiencias). En este caso tenemos una macedonia de coches, peinados y bailecitos cuando menos indigesta.
Se intenta aquí dar más cancha a un humor visual que no existía en el original. Esto podría ser un punto a favor, pero desde el momento en que el proyecto se pone rumbo a la verbena de pueblo más zarrapastrosa, la irritación de cualquiera con diecisiete años cumplidos y no alumbrado en tierras yanquis llega hasta al abandono de la sala en el mejor de los casos. La tendencia de los últimos años confirma que hacen falta muchas versiones de un guión (17 ó 18 en este caso) para conseguir no contar nada durante 100 minutos.
La típica banda sonora batiburrillo para exprimir todavía más la cosa a base de cuatro temas de Motley Crue, Blink 182 o Prodigy (Smack my bitch up suena mientras las ‘charlies’ reciben en una pelea), nos deja, sin embargo, joyas de gente como Dee-Lite o Pizzicato Five, y fragmentos del Billie Jean de Michael Jackson o de la sintonía de “Corrupción en Miami”. El score, divertido pero olvidable, nos recuerda la sintonía original que, aunque remezclada, mantiene una lozanía sorprendente.
Céssare 14/12/02